Los señores grandes

Los señores grandes abordan la porción del Metrobús reservada a las mujeres, discapacitados y personas de la tercera edad.  Lo hacen un tanto resignados porque aceptan con dignidad que su paso ya no es tan firme, ni su espalda aguanta como antes la carga de la calle. Lejos están de aquellos prematuramente encanecidos que se fingen añosos para ingresar a un área donde no tienen que competir con sus iguales, como lejos están de esos jóvenes que fingen dormir, o aprovechan la compañía de una mujer para ocupar el asiento que debieran cederle a la señora cargada con mandado, a la madre balanceando un bebé, o a la joven agobiada por un día de trabajo y horas en el transporte público.

Los señores grandes se toman del pasamanos y enfrentan el vaivén de los frenones simulando firmeza.  Las mujeres más jóvenes que ellos titubean entre reconocer la jerarquía del bastón y la dignidad del caballero.  Cuando finalmente una se atreve a ofrecerle el asiento a un señor grande, éste se niega con una sonrisa irrefutable en su amabilidad y cortesía.  Galante, permanece de pie hasta que la joven dama baja del vehículo. Sí, dama, porque los señores grandes así tratan a las mujeres y en eso las convierten.

Sólo entonces, cuando ya ninguna de ellas viaja de pie, ellos se sientan con la espalda muy derecha, su cabello bien acomodado bajo la gorra o sombrero y su bastón que nunca estorba.   Las damas a su alrededor se sienten apoyadas, y de algún modo protegidas, por un modo de ser más sólido que una musculatura cualquiera, por ese temple que da el respeto y que hace grandes a esos señores.

Deja un comentario

Archivado bajo Reflexiones y comentarios

Pozo destapado

Cuando se tropezó con unos recuerdos del camino fue a dar con un pozo olvidado mucho tiempo atrás. Las aguas salinas, algunas salobres incluso, le exigieron abrir las compuertas para dejarlas salir. Realmente quiso hacerlo, pero ya no recordaba cómo llorar.

Deja un comentario

Archivado bajo Cuentos

Père Lachaise II: Soul Kitchen

Una de sus primeras citas de amor había sido en un espacioso y verde cementerio de Los Ángeles, por lo que la vida consideró apropiado que uno de sus últimos encuentros con ese amor transcurriera en el gris y superpoblado Père Lachaise.

Ella lloró frente a la tumba de Abelardo y Eloísa yacentes lado a lado por el resto de los tiempos, como lloró frente a una lápida doble desde la que se proyectaba un brazo masculino vestido con mangas de siglos pasados del lado derecho unido al  brazo enjoyado de una dama que salía por el lado izquierdo. Las manos de ambos se entrelazaban después de la muerte unidas en la eternidad de la piedra. Las inscripciones dejaban testimonio de ello. Ella pensó entonces que esa clase de amor, como muchos otros dones, toca sólo a unos cuantos.

Huyendo de sus lágrimas y de todo lo que su amor no fue, salió en pos de la tumba de Jim Morrison siguiendo cuidadosamente el mapita de tumbas famosas que le habían dado en la entrada. Apresuró el paso y terminó por abandonar el mapa dejando que su propio espíritu la llevara. Así, conectada a la memoria de una frecuencia radiofónica silenciosa encontró la tumba rápidamente, adelantándose a una expedición de estadounidenses menores de edad que también recorrían el cementerio.

El busto en piedra* del Rey Lagarto lucía humilde en relación con los monumentos fúnebres de sus vecinos. Alguien le había desfigurado la nariz como a la Esfinge la habían dejado los soldados napoleónicos. Otro más, hambriento de trascendencia, le había aplicado un chorro de pintura verde en aerosol. No importaba. Jim había tenido una cara tan bella en vida que la imitación en piedra poca fidelidad podía ofrecer. Deformarla no era deformar a Jim, sino a una piedra.

El lecho, digamos, estaba cubierto de cajetillas de cigarrillos, botellas de whiskey y otros licores, así como de latas de cerveza vacías. Presumiblemente, ofrendas de Día de Muertos. Como había vivido en el mundo, Morrison vivía en la muerte. Ella observaba todo sin entender si estaba ante un homenaje o una profanación. Medio pronunciaba una oración sobre esa tumba, sobre ese recuerdo de una vida, cuando irrumpieron los adolescentes bebidos.

Violentada su intimidad se refugió en las tumbas aledañas que nadie reconocía, nadie cuidaba. Una chica rubia sacó una hoja de cuaderno doblada y comenzó a leer una elegía en alcoholizado inglés estadounidense. Incomprensiblemente lloraba emocionada por el poeta autodestructivo. Esto no tenía sentido si para cuando la rubia había entrado al mundo, Morrison tenía rato de haberlo abandonado. Cual familiares del difunto armados de un itacate el 2 de noviembre, los chicos depositaron su respectiva botella y colillas frente al busto de piedra. Oculta tras una tumba, la mujer intentaba definir si presenciaba un peregrinaje, o algún culto.

La escasa sabiduría que toca a algunos apenas llega con las canas, pero ella aún no tenía. Se llenó de rebeldía. Morrison era parte de su vida, de su generación y su redención para ese día. Pero antes de salir como pantera a reclamar los derechos que había asumido por su cuenta, la venció la cobarde prudencia: nunca debe alebrestarse a un borracho. Suspiró y se retrajo privada del consuelo de su encuentro con el poeta del rock.

Sumida en ese pozo comenzaba ella a degustar su inminente soledad vitalicia cuando la atrajo el interior de un monumento fúnebre derruido y olvidado. En algún momento éste había perdido la pared posterior y quedado al descubierto como una especie de mortaja. Un soldado desconocido había penetrado por esa desaparecida puerta de atrás y en su afán de inmortalizarse, había trazado en la pared interior del monumento destruido una letra de Morrison: Soul Kitchen.

Ella repasó los versos de ese alfabeto secreto escrito en marcador negro. El acetato cayó en la torna-mesa de su memoria y comenzó a girar. Escuchó la música y la voz hechizante del Lagarto. Inesperadamente, la aguja que recorría el disco tropezó con una mancha de polvo. La voz se quedó repitiéndole su canto: I light another cigarette, learn to forget, learn to forget, learn to forget** (Enciendo otro cigarrillo, aprendo a olvidar, aprende a olvidar, aprende a olvidar…)

_________________

* En 1990, el busto de Jim Morrison fue robado del cementerio.

** Tomado de “Soul Kitchen”; The Doors, 1967.

Deja un comentario

Archivado bajo Cuentos

Semana de amores

El domingo, el abrazo de mis amados hijos.
El lunes, la sonrisa de mi nuevo amor, mi nieto.
El martes se fuga mi corazón con la pasión del rock en vivo.
El miércoles, despedida del hogar que me fue mi Tía Rosa.
El jueves, calidez reconfortante en los amorosos guisos de mi hermana.
El viernes, me entierro en la bendición de mi trabajo.
El sábado vierto calladamente los frutos de estos amores
-tan semejantes a lágrimas- con el sonido de estas teclas.

Deja un comentario

Archivado bajo Reflexiones y comentarios

A papá I

Comprendí lo que te había dolido negarme aquello para lo que todavía no estaba lista cuando niña y adolescente, por el dolor que sentí cuando negué lo mismo a mis propios hijos.

Así supe cuánto me habías amado.

No sé si ahora que estamos al revés llegarás tú a comprender lo que me duele negarte aquello para lo que ya no estás capacitado.

¿Sabrás tú algún día cuanto te he amado?

1 comentario

Archivado bajo Reflexiones y comentarios

EL MERCADO

Esta mañana temprano a las ocho salí al mercado. En el puesto del pollo me encontré con Jesusita (mi abuela) y en el de la fruta con su primogénita, mi madrina Jesusita. La primera solía ir al mercado del pueblo a las siete a conseguir pan y calabaza en tacha o camote, para el desayuno del abuelo, y de paso provisiones para la comida. La encontré en el puesto del pollo porque cuando niña me impresionaba verla sacrificar alguna gallina de las que mantenía en la “otra casa” para la comida del día.

La segunda,  a las ocho, acudía al mercado de San Antonio en Guadalajara. Le gustaba estar pendiente de los productos de temporada con los que armaba los menús por los que sus hijos la recordarían a lo largo de sus vidas.  El frutero del mercado al que yo acudí exhibía los primeros mameyes de la temporada.  Por eso recordé que mi madrina estaría allí.

A diferencia de las Jesusitas que quizás por falta de refrigerador en sus primeros años de matrimonio se acostumbraron a ir al mercado todos los días, y continuaron haciéndolo toda su vida, mis provisiones tradicionalmente han provenido del supermercado. Claro, ese monumento a la practicidad no puede competir con la vista, el sabor ni el aroma de la calabacita turgente, el pescado fresco de ojos saltones ni los mangos manchados de su propia miel próximos a reventar –cual piñata– su sabor en el paladar más próximo y dispuesto.

Hoy me fugué a un pasado largamente extrañado de jitomates pegados a una vaina firme tan profundamente verde como la vida que sigue inyectando; a un presente recién descubierto en mí, que ya no frunce la nariz con el aroma del cilantro, no cierra los ojos a los brillantes motivos de las bolsas de mandado, ni se cubre los oídos repeliendo los avances del mercader de las hierbas que promete en una bolsa de salvia una experiencia más alucinante que la mariguana.

Aspiré en plena libertad y gusto las guayabas, las fresas, la piña, la coliflor con esa inhalación profunda con la que sale un buzo a la vida terrestre, un padre burócrata al abrazo de sus hijos, un oficinista al contacto con una rosa.

Sonrío cuando en el mercado paso frente a unas flores “nubecita” que por cinco pesos se van a mi casa. Una mujer me pesa ocho pesos de tierra que me anclarán a la vida con un nuevo soplo del aroma que me recuerda de dónde vengo y a dónde voy.

Esta mujer moderna de iDispositivos, proyectos y cuentas fiscales se reencuentra con una parte de sí misma y uno de los grandes placeres de la vida mientras tiende una mano humilde, emocionada, a las mujeres que la formaron: aquellas que todos los días nutrieron con amor escogido, picado y guisado a sus familias.

Deja un comentario

Archivado bajo Reflexiones y comentarios

Dignidad

Marchita como la hoja de otoño que soy, me visto terapéuticamente alegre para engañar el ánimo. Aplico la máscara: rimel, delineador, base y labial… “para no andar deprimiendo a la gente” escucho en mi cabeza. Es algo que leí por ahí. Mi atención se dirige hacia afuera para no perderme en el gris de mi abismo personal. Me ignoro sola entre los otros solos que esperan el camión en la esquina.

Y vienes caminando tú, un paria, abrazado a tu cuate. Y comparten trago a trago una cantidad ínfima de líquido encerrada en un bote de Frutsi. La masa -imperceptible cual terremoto- les abrimos paso. Son-teporochos-vienen-borrachos-seguramente-van-a –pedirnos-dinero-no vamos-a darles-para-su-vicio… Y te detienes frente a mí medio segundo desafiando la invisible y dura barrera de indigno desprecio y ostracismo. Pese a tu olor a alcohol, cabello enmarañado y vestimenta parda, sostienes una mirada firme, clara, de ojos verdes aún jóvenes, milagrosa e inexplicablemente joviales. No llevan rastro de ironía ni impertinencia cuando escucho tu voz:
—¡Qué bonita se ve usted, señorita!
Mi pared infranqueable se viene abajo con la inesperada gallardía. Sorprendida, pero genuinamente halagada sostengo tu mirada y aun temiendo tu alcohol, mi boca se abre con el gracias que nos termina de bañar de dignidad.

Deja un comentario

Archivado bajo Cuentos