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Photographs

The camera remains empty. No images, no moments captured—nothing to attest to the recent milestones in my life, momentous as they were: My son’s graduation. A whole week to myself with my two-year old grandson: feeding him, bathing him, guiding his daily activities and language skills.

I sit in my son’s backyard. The air is hot and sticky, filled with the soothing sounds of silence: a plane buzzes distantly, a gust of wind brings in vague pounding from a construction site a few blocks away. Such noises are faint enough to let me hear the calls of the birds flying by and K’s splashing and playful chatter coming from his new inflatable pool. More wind sings through the trees. The family beagle barks at the passersby my ears cannot detect, busy as they are listening to the flies and wasps.

Even though I am sitting, one eye on K and the other on the book I’m trying to read, I can feel the moist grass on my little child’s feet. I can touch with my (little) fingers the dandelion he is now inspecting closely and note the crisp sound stored in my memory as he cracks up the stem. There’s the sticky nuisance of blades of grass on your hands as you move in and out of the pool… how difficult it is to get them off! K now knows how it feels to plunge your hands in the cold chlorine scented water to get rid of them.

I grab my camera. I should be recording this! But I am caught in the moment, the beauty of which moves me to the core. Like when my son C stepped on stage for his degree, my eyes and heart were so glued to the moment I could not interrupt it for a memento. The emotion so great I felt obliged to bury it deep inside, otherwise it would have just gushed up in tears washing away my makeup as well as the good feelings of the people around me.

My nose is trapped again by the smell of grass linked to the memory of childhood days long past and plays back in my mind what my body, my heart, and the world felt like then. My son looks at me from my grandson’s happy eyes. Now I understand why I failed to take any pictures. All of my most important memories, milestones and experiences have been captured by my senses, recording smells, sounds, sights and feelings that will bring them back to me over and over again.

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Intérprete, ¿de la canción ranchera?

Cuenta una colega muy querida que un día se presentó a trabajar con unos clientes que habían solicitado una intérprete, con la acostumbrada urgencia, apenas un par de horas antes del servicio.
–¿Dónde está su vestuario?, le preguntaron.
Ella desconcertada respondió ¿Vestuario?
–Sí, ¿qué no es usted intérprete de la canción ranchera?

La anécdota señala una verdad evidente: la del intérprete de idiomas y del cantante podrían considerarse si no profesiones gemelas, al menos cuatas. Las similitudes comienzan con el hecho de que ambos interpretan; el intérprete, a un orador que se expresa en un idioma desconocido para buena parte de su público; el cantante, la creación de un compositor.
En las dos interpretaciones se emplea la voz como un instrumento que cada uno maneja, con mayor o menor pericia, a favor de un mensaje.
La voz transita una elusiva línea entre la comunicación estrictamente corporal y la exclusivamente verbal. El orador experto modulará su voz para subrayar ciertos pasajes con mayor sentimiento, contundencia o humor. El intérprete ajustará su propia voz en consecuencia. Esto exige adoptar expresiones faciales, posturas corporales, técnicas de respiración, entre otras, por lo que no se limita a la mera emisión de sonido. Seguir un tono uniforme, carente de emoción, se antoja poco natural cuando el orador eleva la voz con ira, o la quiebra al contar un chiste. ¿De qué otro modo va a hipnotizar Brian Weiss a su auditorio extranjero si su intérprete no adopta su callado y acariciante tono de voz? (Sexy calificaron alguna vez el de una de sus intérpretes.)

Asimismo, el cantante hace lo propio al son que le toquen. ¿Qué sería de Cartas a Eufemia sin la sonrisa en la voz de Pedro Infante?¿Por qué algunos clientes prefieren a un intérprete sobre otro de igual capacidad? Por la misma razón que unos prefieren la Nessun Dorma de Pavarotti sobre la de Plácido Domingo. Aquel intérprete que se acerque más a lo que el escucha conciba muy subjetiva y personalmente como la interpretación más cercana a la versión original de un mensaje o de una pieza musical será el que dicho escucha considere el “mejor” intérprete o cantante.
El intérprete de conferencias generalmente desconoce lo que dirá unos segundos más adelante. Corre a ciegas por un camino lleno de trampas y alertas. El cantante, por el contrario, generalmente sabe “lo que sigue”, pero ha de ser capaz de improvisar a la hora de un blues, un palomazo, o tan solo para cubrir cualquier error, propio o ajeno. En esas circunstancias no le preocupan tanto las palabras, como las mejores notas para apoyar su voz y correr con una melodía libre, desconocida. Algo así como saltar entre una piedra y otra para atravesar un arroyo. Y claro, a veces el cantante también se equivoca de piedra como el intérprete se equivoca de palabra y ambos pueden caer estrepitosamente.
Finalmente, ser buen intérprete o buen cantante precisa de una aptitud innata, de aquello que en el caso del intérprete nuestro medio ha denominado el “chip”. En términos nada científicos, se trata de un don que le permite escuchar, entender, recodificar y reproducir un mensaje instantáneamente. En el caso del cantante, el don consiste en la afinación. En mi propia definición meramente empírica, ser afinado consiste en reproducir una frecuencia sonora con precisión y corrección estética dentro del acorde en el que se produzca.
Existen algunas otras similitudes entre la interpretación de conferencias y la de canciones (del género que sea) tales como el estrés, tan reconocido en la primera como ignorado en la segunda, pero por ahora hasta aquí llevaremos el recuento de las características compartidas de estas dos profesiones tan cuatas.

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Ratatouille en mi casa

Se delató con una bolsa roída de cremor para café.  La cascada de polvo se esparció por el piso cuando la sacamos de la alacena.  Al revisar la bolsa casi podía distinguirse la huella de dos incisivos.

Un ratón no es mascota. Convivir con uno no es de gente limpia, de buenas costumbres, vamos.  Es más,  a estos roedores se les clasifica como fauna nociva, ese corral que cohabitan  las cucarachas, pulgas, chinches y piojos.

Tengo que deshacerme de él porque los ratones suelen reproducirse abundante y rápidamente. Debe desaparecer antes de que convierta mi biblioteca en otra cascada de confetti.

Debo exterminarlo.

Exterminio… ¡Uff, qué feo suena eso! En estos tiempos de derechos de los animales, de sacrificio humanitario en los rastros, de santuarios de mariposas, mi conciencia –cual Ratatouille– comienza a roerme el alma.

¿Debo tolerar al ratón?  ¿Hay un medio humanitario para sacrificarlo? Ninguno me viene a la mente: todos los venenos y trampas para ratones prometen un final eficaz y bastante doloroso.  Después de todo es fauna nociva, no una mascota fiel a la que se le libera de un sufrimiento innecesario por enfermedad.

Detesto a las ratas.  Las asocio con experiencias sumamente atemorizantes y desagradables, amén de desaseadas. Pero mi conciencia ahora roe mi sentido de la justicia, mi percepción del equilibrio, mi ética que exige trato igual para todo.

Es cierto, especies en extinción como los monos araña no vienen a instalarse en mi cocina. Las mariposas monarca se quedan en su hábitat y rutas migratorias. Hasta los gatos callejeros que, como sus congéneres domésticos creen merecerlo todo, guardan la distancia debida. No suelen invadir las guaridas humanas.

Y, sin embargo, pienso en la anécdota aquella del alacrán que pica a su benefactor porque “es su naturaleza”.  Reflexiono: toda fauna –nosotros incluidos- respondemos a nuestra naturaleza y somos parte de ella. Entonces, ¿qué no merecemos todos respeto a nuestros derechos que incluyen el de la vida?

Soy de las que guía a las moscas y abejas perdidas en mi casa hasta la ventana más próxima. Me regocijo ante la repentina aparición de un colibrí sobre mi jardinera. Procuro no aplastar a los grillos, sino que los levanto y saco cuidadosamente de la casa.  Me quedo deprimida cuando pese a mis mejores intentos por respetar su integridad llego a lastimarles una pata.  Distante actitud ésta al alivio de aplastar inmisericorde a los mosquitos que me tienen en vela con su escandaloso zumbido.

Bueno, el tal ratoncito negro que amaneció esta mañana en el baño evidentemente piensa adueñarse de mi casa. Con ese gusto por la amplitud, al rato seguramente él o sus descendientes invadirán las casas de mis vecinos, tan próximos ellos en este edificio de departamentos.  El estómago, mi conciencia toda se revuelve con repugnancia… miedo. Seguramente no soy tan igualitaria ni ética como lo pensé.  Hoy mismo iré por el raticida a la tlapalería.  Deja de roer, Ratatouille, me acojo a la ley de supervivencia.

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Los señores grandes

Los señores grandes abordan la porción del Metrobús reservada a las mujeres, discapacitados y personas de la tercera edad.  Lo hacen un tanto resignados porque aceptan con dignidad que su paso ya no es tan firme, ni su espalda aguanta como antes la carga de la calle. Lejos están de aquellos prematuramente encanecidos que se fingen añosos para ingresar a un área donde no tienen que competir con sus iguales, como lejos están de esos jóvenes que fingen dormir, o aprovechan la compañía de una mujer para ocupar el asiento que debieran cederle a la señora cargada con mandado, a la madre balanceando un bebé, o a la joven agobiada por un día de trabajo y horas en el transporte público.

Los señores grandes se toman del pasamanos y enfrentan el vaivén de los frenones simulando firmeza.  Las mujeres más jóvenes que ellos titubean entre reconocer la jerarquía del bastón y la dignidad del caballero.  Cuando finalmente una se atreve a ofrecerle el asiento a un señor grande, éste se niega con una sonrisa irrefutable en su amabilidad y cortesía.  Galante, permanece de pie hasta que la joven dama baja del vehículo. Sí, dama, porque los señores grandes así tratan a las mujeres y en eso las convierten.

Sólo entonces, cuando ya ninguna de ellas viaja de pie, ellos se sientan con la espalda muy derecha, su cabello bien acomodado bajo la gorra o sombrero y su bastón que nunca estorba.   Las damas a su alrededor se sienten apoyadas, y de algún modo protegidas, por un modo de ser más sólido que una musculatura cualquiera, por ese temple que da el respeto y que hace grandes a esos señores.

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Semana de amores

El domingo, el abrazo de mis amados hijos.
El lunes, la sonrisa de mi nuevo amor, mi nieto.
El martes se fuga mi corazón con la pasión del rock en vivo.
El miércoles, despedida del hogar que me fue mi Tía Rosa.
El jueves, calidez reconfortante en los amorosos guisos de mi hermana.
El viernes, me entierro en la bendición de mi trabajo.
El sábado vierto calladamente los frutos de estos amores
-tan semejantes a lágrimas- con el sonido de estas teclas.

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A papá I

Comprendí lo que te había dolido negarme aquello para lo que todavía no estaba lista cuando niña y adolescente, por el dolor que sentí cuando negué lo mismo a mis propios hijos.

Así supe cuánto me habías amado.

No sé si ahora que estamos al revés llegarás tú a comprender lo que me duele negarte aquello para lo que ya no estás capacitado.

¿Sabrás tú algún día cuanto te he amado?

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EL MERCADO

Esta mañana temprano a las ocho salí al mercado. En el puesto del pollo me encontré con Jesusita (mi abuela) y en el de la fruta con su primogénita, mi madrina Jesusita. La primera solía ir al mercado del pueblo a las siete a conseguir pan y calabaza en tacha o camote, para el desayuno del abuelo, y de paso provisiones para la comida. La encontré en el puesto del pollo porque cuando niña me impresionaba verla sacrificar alguna gallina de las que mantenía en la “otra casa” para la comida del día.

La segunda,  a las ocho, acudía al mercado de San Antonio en Guadalajara. Le gustaba estar pendiente de los productos de temporada con los que armaba los menús por los que sus hijos la recordarían a lo largo de sus vidas.  El frutero del mercado al que yo acudí exhibía los primeros mameyes de la temporada.  Por eso recordé que mi madrina estaría allí.

A diferencia de las Jesusitas que quizás por falta de refrigerador en sus primeros años de matrimonio se acostumbraron a ir al mercado todos los días, y continuaron haciéndolo toda su vida, mis provisiones tradicionalmente han provenido del supermercado. Claro, ese monumento a la practicidad no puede competir con la vista, el sabor ni el aroma de la calabacita turgente, el pescado fresco de ojos saltones ni los mangos manchados de su propia miel próximos a reventar –cual piñata– su sabor en el paladar más próximo y dispuesto.

Hoy me fugué a un pasado largamente extrañado de jitomates pegados a una vaina firme tan profundamente verde como la vida que sigue inyectando; a un presente recién descubierto en mí, que ya no frunce la nariz con el aroma del cilantro, no cierra los ojos a los brillantes motivos de las bolsas de mandado, ni se cubre los oídos repeliendo los avances del mercader de las hierbas que promete en una bolsa de salvia una experiencia más alucinante que la mariguana.

Aspiré en plena libertad y gusto las guayabas, las fresas, la piña, la coliflor con esa inhalación profunda con la que sale un buzo a la vida terrestre, un padre burócrata al abrazo de sus hijos, un oficinista al contacto con una rosa.

Sonrío cuando en el mercado paso frente a unas flores “nubecita” que por cinco pesos se van a mi casa. Una mujer me pesa ocho pesos de tierra que me anclarán a la vida con un nuevo soplo del aroma que me recuerda de dónde vengo y a dónde voy.

Esta mujer moderna de iDispositivos, proyectos y cuentas fiscales se reencuentra con una parte de sí misma y uno de los grandes placeres de la vida mientras tiende una mano humilde, emocionada, a las mujeres que la formaron: aquellas que todos los días nutrieron con amor escogido, picado y guisado a sus familias.

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