Muger

Era noche de fiesta frente al Teatro de la Ciudad de México. Era noche de luces para la música y la amistad, pero los recuerdos no saben de planes ni de momentos oportunos. Simplemente asaltan y sorprenden. Así son también los fantasmas. No saben de invitaciones, sólo se aparecen de repente.

La letra “g” inicia la palabra grito. Es la que utilizaste para identificarte esa noche a través de la ouija. No diste tu nombre, sólo tu condición: m-u-g-e-r. Justifiqué mi propia ignorancia atribuyendo lo que yo interpreté como error de ortografía a tu falta de instrucción. En tu día las mujeres poco iban a la escuela. Pero, luego aprendí, en tu día también se escribía mujer con “g” de grito.

Te preguntamos dónde había un tesoro. Impaciente, guardaste silencio. Preferiste accionar el señalador para asuntos más personales, como el año de tu muerte: 1-8-2-0. Quizá guardaste silencio porque, como muger, eras pobre.

Entiende que información tan escueta hace imposible buscarte en los archivos. Y aunque se hubiera dado un caso de extrañas coincidencias en que yo te hubiese encontrado, nadie queda aquí para recordarte tal y como fuiste. ¿Por qué negarte al inevitable olvido que la muerte termina por imponernos a los comunes?

¿Por qué persistes en rebelarte renunciando a la paz que seguramente mereces? Nos dejaste muy claro que no hubo paz en tu muerte con ese movimiento de vorágine alocada que impusiste al señalador cuando te preguntamos: ¿De qué moriste? Me hiciste salir corriendo a llamar a don Rafael para que restableciera el orden en la cocina donde nosotros, ignorantes, habíamos jugado con fuego.

Recuerda cómo te dijo él con autoridad que buscaras la luz. Te llamó a la paz y la invocó para ti. ¿Por qué no le hiciste caso? ¿A dónde te fuiste cuando abandonaste tan abrupta al señalador?

La verdad es que no me importó en ese momento. Suspiré de alivio creyéndote por fin en paz. Pero debes de seguir vagando por ahí. Primero hiciste aparecer la ouija que permaneció guardada y ociosa por más de veinte años en la vieja casa de don Rafael, muerto también muchos años atrás. Como no te hice caso ni permití que alguien más lo hiciera, ahora que me encuentro con mis amigos en la acera del antiguo Hospital del Divino Salvador que mira de frente al Teatro de la Ciudad, me pegas de gritos con “g” desde el medallón sobre la antigua puerta que reza: “Asilo para Mugeres Dementes”.

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