Mercurio

 

Se le conoce en las calles como Mercurio del Asfalto, no tanto por su color como por su velocidad.  Se siente halagado.  Como también se siente halagado por las miradas aprobatorias de su físico nada despreciable para un hombre cincuentenario.  Su mujer cree que por prescripción médica asiste al penosamente escuálido gimnasio de la empresa.

Ésta, como todas las mañanas, Mercurio llega a su edificio abandonado de la esquina e inicia su ritual: primero aspira la inspiración de la mañana, luego abre la mochila y saca el overol amarillo.  Revisa la prenda antes de meterse en ella.  Ya le toca visita a la lavandería.  ¡Qué importa! Mercurio de todas maneras se transfigurará en un héroe de historieta tan pronto abroche el cubretodo sobre la corbata amarilla con chispitas azules que delata su identidad alterna. Sólo le falta el último elemento, la fuente del poder de Mercurio del Asfalto: sus patines “de línea”.

Calzado de velocidad se lanza sobre la oleada de automóviles que se detiene a regañadientes ante la luz roja y, en un zigzagueo relampagueante, recorre veinte a los que ofrece la llave de la comunicación. Al cambio de luz, Mercurio ya vendió tres tarjetas telefónicas. Es hora de volar al puesto de licuados donde tomará el suyo… con espinaca, por supuesto.

De Mercurio es el récord de ventas.

A Mercurio se atribuye la técnica de pasar a media altura entre los autos detenidos, para sorprender a los conductores con alguna pirueta que lo coloca al lado de sus ventanillas frente a una venta segura.

Con Mercurio, los oficiales de tránsito cuentan con servicio de alimentos y bebidas pronto y eficaz, a cambio de una vista gorda para las impertinencias de tránsito de un superhéroe.

Por Mercurio, la venta de tarjetas en la colonia constituye el orgullo de la empresa telefónica.

Agotadas las tarjetas, Mercurio agota su jornada a una hora crecientemente temprana.  Tendrá que pedir una dotación mayor para proseguir con su gesta de entregar al mundo las llaves de la comunicación. Por ahora, con el rostro todavía ruborizado de adrenalina y endorfinas regresa a su edificio abandonado de la esquina, donde se despoja de su poder.  Se asea brevemente con una toallita húmeda y oculta su identidad verdadera en la mochila.  Algún día le dirá a su mujer que hace varios años que lo despidieron de la empresa y que invirtió el penosamente escuálido monto de su caja de ahorros en un par de patines de línea.

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