Fin del mundo

En el principio era el verbo… ¿amar? Y con él se generaron el mundo, las luces, los ojos, las selvas, los frutos, las bocas, los oídos, la vida. Fue así como el verbo fue multiplicándose en cosas y las cosas en palabras.

La palabra fertilizó las bocas de los hombres. Esto aceleró la cada vez más vertiginosa proliferación de términos cuyas voces suscitaron la construcción y la caída de la torre de Babel. Cundieron entonces los idiomas que impartieron identidades particulares a quienes los hablaban al adoptar maneras de pronunciar más acordes a sus entornos y percepciones.

La palabra continuó su carrera desaforada abandonando la dimensión boca-oído para ingresar al ámbito de la codificación visual.  Para cada lengua, un alfabeto para escucharla con los ojos; con las puntas de los dedos, inclusive, cuando las palabras escritas en su abundancia no quisieron ya ceñirse a la competencia de los videntes. Para cada lengua, unos usos y costumbres gramaticales que los hombres siguieron para volcar sus vidas enteras en roca, arcilla, papiro, pergamino y papel.  Así ellos tocaron la posteridad y al transcurrir los siglos, la palabra se había propagado incontenible en grabado, relieve, tinta, hojas y bosques de papel.

Un día la palabra encontró la manera de codificarse electrónicamente.  A partir de entonces las historias, los hallazgos, las noticias, las relaciones y los amores humanos antes eternizados (o al menos conservados) en papel, adquirieron una inmediatez que frecuentemente los volvió efímeros. Al mismo tiempo desapareció paulatinamente el teléfono que por décadas había portado la palabra hablada entre humanos.  La televisión misma, epítome de un siglo entero, abandonó la producción de contenidos nuevos, sumándose al reciclaje el día en que se mudó a la triple-doble-u.

Así la vida dejó de escucharse porque había dejado de pronunciarse.  Lo virtual acaparó todas las relaciones humanas con su alud de inmediatas imágenes y sensaciones generadas a partir de recreaciones, reproducciones y copias tan idénticas que el concepto “ejemplar original” dejó de existir. Los tesoros impresos  del mundo se digitalizaron para terminar desapareciendo físicamente en hogueras, desuso, archivos muertos.

Mientras, la escandalosa proliferación de la palabra por el ciber-universo llegó al día en el que los idiomas, otrora pulcramente descritos y preservados por academias de la lengua y diccionarios, se amalgamaron en una sola híbrida lengua común expresada con abreviaturas, siglas y convenciones simbólicas repetidas infinitamente en los lugares comunes que suplieron a la comunicación espontánea: la del corazón, la del alma. Cada individuo entonces quedó definido como tal por el dispositivo que empleaba para conectarse con el mundo cibernético al que se había mudado, y donde había terminado por perder sus propias palabras, sentimientos y emociones humanas.

Fue así como el hombre se olvidó de amar y, en consecuencia, el verbo, la palabra como tal dejó de proliferar.  La abreviaturas, siglas y convenciones habían ocupado su espacio reproduciéndose desaforadas como las células de un tumor canceroso que todo lo invaden en su loca multiplicación hasta matar al organismo que las contiene.

En su aparente inmensidad empero, el ciberespacio se había erigido sobre el sistema que lo originó. Un día ese sistema se cayó.  Un apagón generalizado. Absoluta e irremediablemente el Internet se desplomó sobre  sí mismo en una mega implosión que se tragó todas las letras, todos los símbolos, todos los restos y rastros de palabras que hubiesen quedado ahí registrados.

Desapareció el verbo y con él, la vida. Había llegado el fin del mundo.

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2 comentarios

Archivado bajo Cuentos

2 Respuestas a “Fin del mundo

  1. Maria Angelica

    Padrísimo!! me encantó….

  2. La realidad rebasa cualquier ficción no cabe duda. Del amor al verbo y del verbo a la identidad. Donde estamos parados? Quien es ahora el original de cada cosa?. Parece perderse, eso es preocupante ya que de ahí nace el amor propio y éste hay que cuidarlo para compartir con los demás. Una vez que la nube vela los principios de las formas, el peligro acecha y las confusiones amenazan. La guerra de las confusiones !! Grandes civilizaciones han dejando de existir por ello. Tengamos cuidado!

    Estupenda narrativa. Felicidades !!

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